12 de febrero de 2015

Las gafas

Después de las hombreras, el accesorio al que más manía he tenido son las gafas graduadas. Soy miope desde los 8 años, y recuerdo como si fuese ayer el momento en el que me di cuenta, estando de vacaciones, de que no veía bien la lista de helados colgada en la pared de un bar en Cambrils. De vuelta en casa, recuerdo ir a la óptica con mis padres, donde me enseñaron varias monturas que me hacían parecer una (mini) azafata del Un, Dos, Tres. Para ellos y para la vendedora que nos atendió, todas las gafas me quedaban bien. Claro, ellos qué iban a decir... Pero yo me veía fatal. Rarísima. Al final elegí las que consideraba que se notaban menos. "Ya te acostumbrarás", me decían. 
Ahora han cambiado mucho las cosas; las gafas se perciben más como un accesorio que como una necesidad, es habitual tener más de un par y hay niños que están casi deseando usarlas, porque sus amigos las llevan. Pero allá por los años 80, los que usábamos gafas éramos - a veces - objeto de burla. 
Siendo tímida por naturaleza, cuando empezó el curso en Septiembre no podía estar más avergonzada de mis puñeteras gafas nuevas. Por suerte todavía me defendía bien sin ellas, y solamente las ponía brevemente cuando me resultaba imposible leer la pizarra. Estuve en este plan hasta la época del instituto, cuando las dioptrías pegaron un subidón repentino y tenía serias dificultades para desenvolverme. Lo que pasa es que yo era bastante terca, y poco a poco empecé a acostumbrarme a vivir en un mundo muy borroso. En la distancia conocía a la gente por la voz, y si se acercaban a mí en silencio, sabía de quién se trataba por su forma de moverse. Si eran desconocidos lo tenía bastante más crudo, claro. Pero se me daba bien disimular lo mal que veía, porque pocos sabían que estaba tan cegata. Lo cierto es que resultaba agotador ir por la vida como Rompetechos. 
Varios pares de gafas pasaron por mis manos (más que por mi cara) a medida que iba creciendo... y los odié a todos y cada uno de ellos. 
Cuando cumplí 17 años, mis padres me preguntaron si me gustaría usar lentillas, y entonces se abrieron los cielos. El día en el que vi con nitidez sin las gafas está en el top 5 de los momentos estelares de mi vida. No quería ir a devolver las lentillas de prueba de la óptica.
Por aquel entonces las lentillas no eran tan sofisticadas como ahora, y había que utilizarlas el menor tiempo posible para que los ojos pudiesen "respirar". Yo no. Desde el primer día las ponía por la mañana hasta que me iba a dormir por la noche. Tenía contento a mi oculista. "Como sigas abusando así, dentro de 2 ó 3 años tus ojos van a rechazar las lentillas y no podrás volver a utilizarlas", me decía. Pero yo no daba mi brazo a torcer... y la verdad es que no sé si tuve mucha suerte o es que el oculista no contaba con los avances tecnológicos, porque 20 años después continúo usándolas sin ningún problema.   
Hace ya mucho tiempo que dejé de odiar las gafas graduadas. Siguen sin gustarme un pelo, me parecen incómodas y no me veo bien con ninguna, pero las utilizo con relativa frecuencia y sin traumas. Otro de esos complejos absurdos que se superan con la edad. 


31 de enero de 2015

Quién me mandaría salir de casa...

Una de las cosas que me frenaba cuando hace unos meses me debatía entre empezar un blog personal o no, era la vida tan monótona que llevo últimamente. Ojo: me refiero a la monotonía de la rutina, porque lo que es en casa, no nos aburrimos. Cada día hay alguna historieta. Lo que pasa es que no son interesantes para contar por aquí, porque a) están bien en el momento en el que suceden, después pierden casi toda la gracia y b) ya advertí que este no va a ser un blog "de madres". 
Aún así me las arreglo para que de vez en cuando me pasen cosas un poco surrealistas. Como a casi todo el mundo, supongo. 
Ayer me tocó vivir uno de esos días en los que te preguntas si te persigue un equipo de cámara oculta.
Todo empezó con el primer café de la mañana. Dormitaba entre sorbo y sorbo de pie, frente la ventana de la cocina, cuando la cafeína comenzó a hacer efecto y me dí cuenta de que los vecinos tenían la puerta de la valla del jardín casi arrancada de cuajo, como si alguien le hubiese dado una patada desde el exterior. Casi instintivamente miré hacia la mía, que estaba intacta. Una hora más tarde, cuando salía de casa para llevar al Niño Mayor a la guardería, vi a mi vecino quitando la nieve de su coche... con una fregona. Disimulando mi estupor, me acerqué a preguntarle qué había pasado con su valla, y me contestó: "Ah, nada... ya andaba un poco mal... la debió de arrancar el viento de anoche". No le contesté, pero me quedé pensando que esa noche no había hecho viento - al menos no el suficiente como para arrancar de cuajo una bisagra y astillar una madera. 
Mi mañana transcurrió sin más incidentes... hasta que al mediodía, después de recoger al Niño Mayor de la guardería, paré en una gasolinera muy concurrida a sacar dinero del cajero. Aparqué a pocos metros y de manera que los niños me pudiesen ver en todo momento desde el coche. En el cajero contiguo había un hombre de unos sesenta y pico años con un perro de gran tamaño, un Terranova negro cubierto de nieve. Me dispuse a sacar dinero, cuando noté la cabeza enorme del perro en mi cintura, olisqueándome. El dueño le regañó un poco y se disculpó, pero le dije que no tenía importancia. Me fijé en que la pantalla de mi cajero se había quedado colgada y con mi tarjeta todavía metida. Volví a notar la cabeza del perro rozándome, y me giré para darle unos toquecitos diciéndole: "Holaaa... holaaa...". Me volví de nuevo hacia el cajero, cuya pantalla había recuperado la normalidad, pero mi tarjeta seguía sin salir. Empecé a pulsar botones sin resultado, soltando un par de juramentos, cuando de repente sucedió lo que se me ocurre describir como un oso intentando encaramarse a mi espalda.
Otro Terranova haciendo de las suyas
En un arrebato de cariño, el Terranova se me había subido por detrás. 60 kilos de bola negra peluda y mojada que me estamparon contra el cajero. El dueño tiraba de la correa gritando: "Abajo! Abajo!", y yo sin poder zafarme del bicho, que resoplaba con el morro hundido en mi cogote. En cuestión de segundos (que me parecieron minutos) se acercó un chico y ayudó al hombre a tirar de la correa. "¡Perdona.. perdona!", me decía el dueño cuando consiguieron bajar al perro. Alguno de los presentes (no olvidemos: gasolinera concurrida en hora punta) me miraban horrorizados, otros se mondaban de risa. Recuperando la compostura (y la dignidad) con un sofocón de tres pares de narices, vi que finalmente el cajero había escupido mi tarjeta. La recogí a toda prisa y volví al coche con el abrigo y el pelo húmedos, oliendo a perro mojado. Los niños me miraban ojipláticos. "Mamá, ¿qué hacía el perro?", y yo "Nada, nada...". 
Salimos de allí y en el primer semáforo en rojo, miré distraídamente al vehículo de al lado... una furgoneta desde la que el tío que iba en el asiento del copiloto me sacó una foto con un móvil. 
Lo que digo: hay días que parecen de cámara oculta. 

26 de enero de 2015

Que pongan días de 35 horas, por favor.




Parte del trabajo para sacar adelante mi experimento blogueril consiste en ponerme un poco al corriente en cómo se promociona en las redes lo que uno quiere dar a conocer. Al principio no tenía ni pajolera idea de por dónde empezar, pero parece que después de pasar varios días leyendo acerca del tema, se me van aclarando un poco las cosas - aunque a veces creo que la cabeza me va a estallar, saturada de información. Sabía que un blog con un objetivo necesita tiempo y dedicación, pero... madre mía, ¡a mi día le faltan horas! Esto es un trabajo a tiempo parcial, o por lo menos esa es la sensación que tengo ahora al principio, cuando me las veo y me las deseo para buscar lectores, para encontrar contenidos* y para dejar la página con un diseño decente. Yo todavía estoy en el principio de los tiempos. Vamos, que según el Génesis (el libro, no el grupo musical) mi blog andaría ahora mismo por el pasaje: Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo. 
Exactamente: en tinieblas estoy. Anda que no me queda ná.
A todo esto añado la media de 14 interrupciones por minuto que me regalan los Niños, mis obligaciones doméstico-materno-marujiles, y (para qué nos vamos a engañar) la facilidad que tengo para distraerme con el vuelo de una mosca cuando la faena se vuelve tediosa.
No avanzo tanto como me gustaría, pero no me desanimo. Además, me van saliendo colaboraciones desinteresadas para que el proyecto no se venga abajo, así que estoy muy contenta, porque son detalles importantes que no esperaba recibir tan pronto. (¡Gracias, gracias!). 
Pues lo dicho, ahí sigo, tirando p'alante. Así que compartid, compartid el enlace, o esta misma entrada, "que es gratis y no cuesta" :D


(*) Aprovecho para animaros a que me enviéis historias :)




8 de enero de 2015

Todo a medias

Aquí estoy otra vez.
Como conté en la entrada anterior, terminé el año empezando un proyecto-experimento en el otro blog, y ya tengo mucha curiosidad por saber por dónde va a salir. Es que soy un poco cagaprisas para casi todo.
Ya no comienzo los años con propósitos porque no los llevo a cabo, así que a ver si terminando el año con planes, cambia la historia. Bueno, la que debería de cambiar soy yo y ceñirme a lo que me propongo. Lo que pasa es que es muy difícil dejar de hacer de golpe y porrazo lo que ya se ha convertido en una costumbre de toda la vida. Porque dejo las cosas a medias desde que tengo memoria. Dicen que los niños de ahora apenas tienen tiempo libre con tanta actividad extraescolar, pero al menos mi infancia, que transcurrió allá por la década de los 80, no tiene nada que envidiar. Para muestra, un botón. Estas son las actividades que recuerdo haber hecho obligada por mis padres (aunque ellos ahora lo nieguen y digan que todas fueron "cosa mía"): 

- Natación. Un desastre. Me apuntaron cuando tenía unos 5 años, junto con mi hermano que tenía poco más de 3, y para que os hagáis una idea, lo poco que recuerdo es que en cuanto le metían en el agua se ponía a berrear de tal manera agarrado al bordillo de la piscina, que me hacía llorar a mí, y el monitor ya no podía hacernos entrar en razón a ninguno de los dos. Al final acabó enseñándome a nadar mi padre. Mejor dicho, a flotar, porque lo que es nadar, nado como los perros.

- Solfeo. De esto recuerdo tres cosas: 
 1) Que mi padre era quien tenía ilusión por aprender música, así que nos matriculó a él y a mí en el Conservatorio, porque decía que así íbamos juntos y que "qué bonito sería que yo supiera tocar el piano". Tal cual.

2) Que me mandaron a clases particulares de piano, y después de unos meses, la profesora le dijo a mi padre que yo no tenía aptitudes y que ya de entrada, tenía los dedos cortos. Nunca antes había sido consciente de la (inexistente) largura de mis dedos, pero sí es verdad que sudaba tinta para tocar el teclado a la velocidad adecuada. Al final esto jugó a mi favor, porque dejé las lecciones.
  
2) Que yo odié el solfeo desde el primer día, y cuando llegué a mitad del cuarto curso me planté y dije que eso no era para mí, y que además ya estaba muy ocupada con los deberes del cole y las clases particulares de inglés (de las que hablaré más abajo).

- Tenis. Esto vino justo después de dejar el solfeo, porque en mi casa reinaba la máxima de que "algo hay que hacer después de salir del colegio". Mi padre - él, una vez más- ha sido siempre muy deportista, y durante años jugó al fútbol y al tenis con regularidad. Se ve que el tenis le pareció un deporte más femenino adecuado para mí, así que me apuntó a un curso cuando tenía 13 años. Ahí sí que empecé con cierta ilusión... hasta que me di cuenta de que no solo era la única chica y la abuela del grupo de 8 ó 10 aprendices que rondaban los 9 años, sino que a pesar de ser más alta que todos ellos, cuando el profesor nos hacía competir, los pequeñajos me metían unas palizas impresionantes a la par que humillantes. Una vez más, me negué en redondo a continuar.

- Idiomas. La verdad es que ir a las academias para aprender inglés no me ha importado en absoluto, porque me encanta el idioma. Pero nunca completé los ciclos hasta conseguir un certificado o lo que fuese que ofrecía el centro de turno. El único Título Superior de inglés que tengo (que ya ni siquiera se llama así) es el de la Escuela Oficial de Idiomas, pero nunca fui a las clases. Lo que sí hice fue un par de años de francés, pero también abandoné.

- Mecanografía. Fuí siendo bastante jovencita, pero creo que duré dos semanas... por la misma razón por la que tuve que dejar el piano.

- Japonés. Fui a clase un año. El profesor no hablaba español, y los alumnos nos medio-entendíamos con él en inglés. Al final del primer año nos dijo que aunque completásemos los tres que comprendían el curso, no se alcanzaba un nivel suficiente para desenvolverse en japonés. Pues a otra cosa, mariposa.

Es probable que se me haya quedado alguna actividad en el tintero porque mi cerebro se niega a desenterrar de la memoria ciertas experiencias todavía más patéticas que las que os he contado. 
Pero bueno, volviendo al tema del principio, procuraré ir cambiando poco a poco y auto-animarme para que ese proyecto del blog salga adelante de alguna manera. También me estoy intentando poner mínimamente al día de lo que se cuece en internet respecto a SEO, blogs, aplicaciones y otros rollos patateros similares de los que llevo bastante tiempo desconectada. Con los niños sueltos por casa es complicado encontrar ratos perdidos de paz y tranquilidad para centrarme, pero espero no acabar tirando la toalla, porque ese tema me gusta. Crucemos los dedos - los veinte.

30 de diciembre de 2014

Proyecto a finales de año

Por primera vez en muchas navidades, Papá Noel está de acuerdo conmigo en que he sido bastante buena los últimos doce meses, y me ha traído un portátil nuevo. 
Después de pasar semanas apañándomelas en internet a través del móvil, acelerando así el proceso natural de mi futura presbicia (vista cansada - por si me lee alguien de la ESO - o que pronto voy a necesitar gafas para ver de cerca - por si me lee alguna víctima de reformas educativas posteriores), aquí estoy, teclea que te teclea toda feliz.
Pensaréis que ahora que he conseguido lo que quería, volveré a hacer y decir las maldades de siempre. Pues nada más lejos de la realidad. Tampoco voy a cambiar de la noche a la mañana, pero sí he comenzado un proyecto la mar de bonito (o eso me han dicho) que espero que tenga futuro.
He creado otro blog, Bondad Anónima, en el que iré recopilando historias de gestos de amabilidad y generosidad llevados a cabo casi siempre de forma espontánea, desinteresada y entre desconocidos. Además de la iniciativa propia de cada individuo, en varios países existen campañas y organizaciones que promueven y  fomentan estos actos, y yo quisiera saber si quienes me leéis habéis tenido una experencia de este tipo o si conocéis el caso de alguien que haya recibido una sorpresa agradable por parte de un desconocido. De ser así, me gustaría que me enviáseis un correo utilizando el formulario de la barra lateral derecha, y yo lo publicaré en el blog y en Twitter, para mostrar y demostrar al mundo que "all you need is love", que un detalle sencillo puede alegrar el día o la vida entera de otra persona y quizás también para animarnos entre todos a portarnos mejor con nuestros prójimos y "prójimas". ;) 


16 de diciembre de 2014

Lo que no está escrito

Aunque no lo parezca, el blog sigue activo. Unos días atrás tenía casi preparada una entrada para publicar, pero se alinearon los planetas y varias constelaciones para que no fuese así. 
Primero, se fastidió mi portátil. Ahí está el pobre, arrinconado hasta saber si Papá Noel me va a traer otro o si se lo va a llevar para que lo reparen los elfos. No me gusta escribir textos largos desde la tablet ni desde el móvil, como estoy haciendo ahora mismo, pero tenía tantas ganas de actualizar el blog que una noche me puse a terminar la entrada en la tablet, metidita en la cama, en paz y tranquilidad. Encontré tanta paz y tranquilidad que me quedé dormida, y en el proceso toqué en algún sitio que casualmente borró todo lo que había escrito. Frenéticamente intenté recuperarlo pero fue imposible, así que apreté la cara contra la almohada (para no despertar a los niños) y solté un "¡NOOO!" épico que solamente oí yo.

Así que, como una Escarlata O'Hara moderna, con el móvil en una mano y apuntando al cielo, a Dios pongo por testigo de que jamás volveré a escribir un post desde una pantalla táctil... a menos que este blog sobreviva unos años y para entonces hayan dejado de fabricar teclados convencionales. 

23 de octubre de 2014

Y por las noches haremos lo de siempre...

En casa hay tres camas individuales, una por habitante. Sin embargo hace días que me estoy planteando comprar una doble para mi habitación, y no porque como reina de mi casa que soy, me merezca dormir espatarrada cual estrella de mar, no. Mi habitación, y en concreto mi pequeña cama, es un lugar concurrido cada noche.
Con precisión suiza, a eso de las dos de la madrugada, mi Niño Pequeño sale lloriqueando de la habitación que comparte con su hermano. Yo, habiendo detectado ya los primeros pucheros igual que la Superabuela captaba los gritos de auxilio, salgo a su encuentro y le vuelvo a meter en su cama. Se queda dormido de nuevo, pero al cabo de 10 minutos aparece en mi habitación y se acuesta a mi lado. Ahí se terminó mi descanso, porque paso el resto de la noche empujándole para que me deje sitio y un poco de edredón. Para más inri, recibo más patadas, puñetazos y cabezazos que en la primera fila de un concierto de Iron Maiden.
Hacia las 5 de la mañana, aparece el que faltaba, mi Niño Mayor, que también se apunta a compartir la cama. Así que dedico la poca energía que me queda para intentar dormir sin tirarles a ellos al suelo de un empujón, ni caerme yo mientras hago equilibrios manteniéndome en el borde del colchón. Para entonces, disponer de un poco de edredón es una utopía que ni me planteo. A veces consigo devolver al Niño Mayor a sus aposentos sin protestar, pero al otro ya no me lo despego ni con agua caliente.
Con estas noches toledanas que vengo sufriendo desde hace meses, ¿es de extrañar que por el día ande medio zombi, con unas ojeras dignas de un panda y con la paciencia más mermada que de costumbre?
Total, que he pensado que, ya que estoy condenada a pasar quién sabe cuánto tiempo compartiendo territorio, lo mejor será ampliarlo. Y si este plan de trasiego nocturno termina pronto, me quedaré con la recompensa de una cama en la que por fin voy a dormir como una reina. La reina de los lirones.



20 de octubre de 2014

£2 (El Complejo de Tío Gilito)

Los lectores más avispados - en realidad, cualquiera que eche un vistazo a la columna de la derecha - habrán observado que estoy recaudando fondos para comprar una Thermomix
No soy lo que se dice una persona constante: empiezo muchas cosas que no termino, las lociones y cremas me caducan por falta de uso y cuando tengo que tomar medicinas más vale que las ponga junto al estuche de las lentillas si quiero acordarme de ellas (de las medicinas, no de las lentillas. De estas últimas me acuerdo sin problema, porque sin ellas veo menos que una culebra). 
Pero si hay algo que me enciende el interruptor de la perseverancia, es ahorrar dinero en efectivo hasta que cumplo mis objetivos materiales. Durante ese tiempo rozo la obsesión por buscar y no gastar la moneda o las monedas que estoy guardando, desarrollo una especie de radar para detectarlas a mi alrededor, y cuando localizo su resplandor me lanzo a por ellas como una urraca.

Junto con algunas contribuciones generosas que he recibido, (¡muchas gracias!) espero poder hacerme con una Thermomix ahorrando monedas de dos libras que guardo con un celo que ya quisiera Gollum. (Mi tesooorooo...)

Algunas veces se han reído de mí por empeñarme en juntar monedinas, pero es el método más viejo y por ahora más efectivo que conozco. 
En su día compré una mini-cadena musical con la ayuda de una buena colección de monedas de 100 pesetas, y guardando las de 2 euros he pagado algunos viajes. 

A pesar de la impaciencia que pueda entrar pensando en el tiempo que pasará hasta lograr reunir la cantidad deseada, es preferible elegir una moneda que resulte posible apartar sin que afecte demasiado a la cantidad de dinero que manejamos en el día a día. Mucha gente guarda calderilla de poco valor. 1, 2 ó 5 céntimos, y aunque todo suma, creo que ahorrar así es un poco desmoralizante porque obviamente se tarda una eternidad en reunir una cantidad interesante. Tampoco es plan guardar billetes gordos, porque van a caer muy pocos en nuestras manos y eso desmoraliza ya desde el propio planteamiento. Algo intermedio es lo ideal. Con paciencia, y dando la tabarra a familiares y amigos para que os guarden monedas, se alcanza el objetivo en menos tiempo de lo que parecía en un principio. 
Y este ha sido el briconsejo de hoy. Espero que sirva para animar a alguien a que empiece a ahorrar.  






19 de octubre de 2014

La delgada línea

Me considero una nostálgica. Se me pone cara de perro pachón cada vez que suena alguna canción de mi juventud, o cuando me encuentro casualmente en la televisión con episodios de alguna serie de las que echaban hace mil años.
Pero me he dado cuenta de que mi nostalgia ha ido cambiando con el  tiempo. Con 30 años recordaba con cariño exclusivamente la música, las películas o la ropa que me gustaba cuando tenía 15, 18 ó 20 primaveras. Ahora me estoy pasando al "todo vale": Tarareo canciones que hace 20 años me daban grima y me enganchan películas "de mi época" que por aquel entonces no hubiese visto ni harta de vino. No quiero mencionar títulos para no herir sensibilidades... y sobre todo porque no estoy preparada para admitir abiertamente según qué cosas. Como por ejemplo, que he visto algún episodio enterito de cierta serie de adolecescentes norteamericanos pijos de los 90.
Disfruto con esos momentos nostálgicos y es entonces cuando me pregunto si en realidad lo que me estaré volviendo es una hortera. 
¿En qué punto, cegada por los recuerdos del pasado, crucé la delgada línea que separa el buen gusto del malo? ¿Me pasa a mí sola?

11 de septiembre de 2014

La Guardería

Hace una semana y media que me estrené como madre de niño en edad escolar. Podría enrollarme a contar detalles de estos 8 días lectivos y ganarme una legión de fervientes seguidoras entre esas madres que parece que no tienen otro tema de conversación, pero aburriría mortalmente al resto de mis lectores (que sí, que los tengo... están ahí, pero son muy discretos y no se manifiestan...) así que haré un resumen.
Pues sí, mi Niño Mayor ha empezado la guardería, y al principio yo no sabía si era mejor preguntarle qué tal le había ido, o dejar que fuese él quien me contara por iniciativa propia. ¿Os acordáis de que cuando volvíamos a casa nos preguntaban "¿qué tal hoy en el colegio?", y contestábamos con un "bien" o con un gruñido, porque lo que menos apetecía, después de pasar todo el santo día aguantando clases y compañeros, era comentar la experiencia? Eso sí, en cuanto nuestros padres nos dejaban un rato en paz para desconectar, cascábamos todas las incidencias del día.
Mi Niño Mayor se acaba de estrenar como alumno de Preescolar y ya hace exactamente eso. Lo que pasa es que cuando se suelta a hablar, no me fío mucho de las historias que me cuenta. Supogo que los padres no deberíamos fiarnos de lo que nos vienen contando con 3 años, ni con 8, ni con 16 ni con 23. Los fenómenos paranormales comienzan ya en la guardería, y continúan más allá de la universidad. 
Por ejemplo, mi Niño Mayor dice que tiene un compañero que "está de vacaciones" desde el segundo día del curso. Es curioso, porque me consta que el niño en cuestión entra al aula con el mío cada mañana. También es curioso que esté de vacaciones "en León", según mi hijo. Yo le digo que se equivoca. Vamos, ya sería casualidad que una familia irlandesa se vaya de vacaciones a León al comienzo del curso. Si me dijera a Tenerife o a Fuengirola, me crearía dudas. Pues mi Niño Mayor está empeñado en que su compi está de vacaciones y además en León, y se enfada si le digo que no es así. 
Una de las profesoras ha cogido una baja de 6 semanas, y solamente tuvo ocasión de conocer a los alumnos durante un día. Según mi Niño Mayor, "ya está curada" y dando clase desde hace días. Y qué va... la mujer sigue convaleciente.
También dice el niño que tiene una amiguita que se llama Roxy, que tiene una hermana más pequeña llamada Roxy. "¿Las dos se llaman Roxy?" le pregunto. "Sí". Contesta.
Cuenta que la profesora les dice que "hay que pelearse". "Querrás decir que no hay que pelearse", le corrijo. "No! hay que pelearse!".   Eso, hijo, en plan El Club de La Lucha...

Pues tenemos conversaciónes surrealistas de este tipo, casi a diario. Como veo que entra y sale de la guardería más contento que unas castañuelas, le sigo la corriente y al final hago como que me creo las batallitas que me cuenta. Supongo que así me entreno para los próximos 20 años. 

30 de agosto de 2014

El que entra no sale... el que entra no sale...

Ah...!  esa especie de sectas modernas que son los grupitos de Whatsapp. Entras en uno con (relativa) ilusión, y cuando pierdes el interés no sabes cómo salir de él sin ofender a los demás miembros. (Alguien como Marlon no habría tenido este problemilla. Aunque tampoco me lo imagino metiéndose en estos jardines, la verdad...)

Empiezas por silenciar al grupo, para al menos no estar escuchando pitidos constantes de nuevas alertas. Pero esa medida no basta, porque cada vez que abres la aplicación,  aparecen las notificaciones, a pesar de haber configurado los ajustes para no recibirlas. ¡Qué cruz!
Entonces lees y relees la "Ayuda" de Whatsapp para comprobar que no has pasado por alto el paso clave para mantener el grupo aparcado. Nada. Buscas en Google, en foros. Alguien sugiere el nombre de una app para abandonar grupos sin que los demás se den cuenta. Bingo. [...]  Mierda: la aplicación no funciona o ya no existe.
Te planteas dar una segunda oportunidad al grupo, volver a participar, a ver si por casualidad surgiera un interés renovado. Pero la cosa no funciona, y pronto empiezas a acordarte de lo feliz (bueno, más o menos) que eras antes de toda esta milonga de la tecnología que nos mantiene en contacto, nos guste o no.

  
Pero un buen día, le echas un par y abandonas el grupo. Y ahí se termina el problema. O quizás te acabas de crear otro.

18 de agosto de 2014

Gran Hermano en el andamio

Que los obreros de todo el mundo lanzan piropos (por decirlo finamente) a toda fémina que se atreva a asomar la nariz en un radio de 50 metros de la obra, es algo habitual. Pero ¿qué se cuece allá arriba, en las alturas? 
En los andamios de la obra que ha reparado la fachada de mi casa durante lo dos últimos meses, los obreros - entre otras cosas - se tiran los tejos unos a otros. Quizás porque es difícil atisbar mujeres desde una sexta planta a través de una malla tupida, quizás porque están casi tan contentos como los vecinos de terminar ya con la puñetera obra o quizás porque tras ocho semanas de verse las caras a diario, la atracción es ya genuina.  
Aunque no estoy pendiente de sus conversaciones, no puedo evitar escuchar algunas de ellas, ya que trabajan junto a mi ventana. A ver si vais a pensar que soy como la vieja'l visillo...   Esto es como el infumable Gran Hermano, pero al revés: los de la casa observando los comportamientos de los del exterior.

Uno de ellos es bastante moreno y tiene los ojos azules, y al pobre chaval le traen loco sus compañeros. Que si "ay! mi gitanazo de ojos azules", que si "ven aquí que mi mujer hace semanas que no me toca"...
Pero también hay desavenencias. Dos de ellos discuten por todo. Uno es un mandón tipo "porque lo digo yo" que no calla ni debajo del agua y el otro - por lo visto - un flojo que no hace caso de nada, va a su rollo y que a menudo se quita el arnés. De momento los insultos son descafeinados: feo, malo, mal compañero, vago, mala persona, grano en el culo, "gilipichi" (...), tocahuevos... Pero van aumentando en frecuencia e intensidad. Si tuvieran que pasar juntos una semana más, estoy segura de que terminarían a puñetazos, y ahí sí que el que trabaja sin arnés llevaría las de perder.  


16 de agosto de 2014

Se equivocó la paloma

... se equivocaba. Apuntó mal, y me cagó en la cabeza. (Sí, C, al final sí que me dio en la cocorota; me dí cuenta al ir a recogerme el pelo para cenar. Puajjj!). 
O quizás no apuntó mal, quizás lo hizo a propósito, como preludio a una tarde-noche de esas para olvidar.  
Pero bueno, al final, el pelo está limpio y la tarde-noche de mierda ya pasó. Toca aprovechar lo que queda de madrugada para dormir y soñar que soy un gavilán que merienda palomas.


13 de agosto de 2014

Regálame...

Hace unos 7 u 8 años, cuando los blogs estaban muy de moda, me topé con el de un chico que ya no recuerdo sobre qué escribía, pero había puesto un botoncito de PayPal para que la gente donase "la voluntad" y le ayudara a comprar un MacBook. De hecho creo que el blog se llamaba "Regálame un MacBook". Ignoro si logró su objetivo, pero sí llevaba recaudada una cantidad interesante. Imagino que si entonces le fue bien, ahora estará pidiendo un iPad Air.

Yo estaba planteándome la posibilidad de intentar algo así, pero para invertirlo en algo que me haga la vida más fácil, que los iPads y derivados están muy bien, pero no; como madre sola de dos niños pequeños que soy, necesito algo práctico. Al principio se me ocurrió organizar un "Regálame una chacha", que sería ideal, pero para mantenerla mes a mes tendría que recibir un goteo constante de donativos, y no lo veo claro. 
Entonces pensé: Después de una chacha, ¿qué es lo más práctico que una puede tener en casa?. Pues ya está: La Thermomix. 
Oyendo hablar a algunas, pareciera que hoy en día cualquier madre moderna que se precie debe poseer la Thermomix, que te soluciona la vida en la cocina. Pero claro, el chaval del MacBook ofrecía un blog interesante y la gente no tenía reparos en contribuir a la causa... ¿y acerca de qué podría escribir una servidora para que hordas de lectores se animaran a dejar en mi cuenta de PayPal "la voluntad"? Entonces se me encendió la bombilla: Si publico recetas de mi cosecha, si pongo fotos de lo que suelo cocinar a diario, la gente se lanzará a donar como loca para que me pueda comprar la dichosa Thermomix y los niños y yo comamos menús en condiciones. A lo mejor hasta surge un mecenas anónimo que me la regala directamente. Eso, o un curso acelerado de cocina. La idea es tentadora.

Brando

Dicen quienes conocieron a Marlon Brando en persona que era muy directo, decía sin tapujos lo que pensaba y hacía preguntas incómodas. Por lo visto sus interlocutores se rendían ante él sin poder evitarlo. Yo pienso que se lo consentían por ser una mega estrella, guapo y con dinero... durante la mayor parte de su carrera, claro. A medida que iba decayendo su fama, su aspecto y su fortuna, se fue aislando de todo y todos hasta convertirse en un recluso.
A mí en el fondo me encantaría tener una manera de ser tan directa y pasota, pero no me dibujaron así. Además, como no soy famosa, guapa y rica, pocos iban a aguantarme. A estas alturas de la vida estaría ya como Marlon Brando al final de sus días. Pero sin mansión. Y sin isla privada. Y eso, sí que no.